Sentimientos en el puerperio

29 de agosto de 2016

Despierta, tumbada en mi cama, mirando al techo y no veo nada.
Todo es angosto, nublado y difuso.

Junto a mí, plácido mi retoño, ese pedacito de vida que pone al descubierto todas mis soledades, todas mis preguntas sin formular, todas las emociones que no se deben visibilizar, pero que para sanarlas es preciso vomitar y contestar.

Ha cambiado mi cuerpo, he descubierto la caja de los truenos, lo oculto.

Necesito saber por qué la conexión hasta ahora tan fuerte con mi pareja ha comenzado a tambalearse convirtiéndose en un ser lejano.
Tengo una extraña sensación de estar siendo infiel y eso me atormenta. Infiel en el alma, no en las carnes. Le he cambiado por otro al que prefiero abrazar, besar y estar pegada cada instante. Solamente pensar en la separación de mi nuevo amor, compartirlo, me sume en unos celos imposibles.

Ese pequeño rey celestial, no ve los efectos de la maternidad en mi cuerpo, no exige recuperación, solo me atraviesa con los ojos fijos de borrachera a mis ojos. Un duelo de pupilas que compiten por ver cuál está más dilatada, unidos por un filamento amoroso, lame, succiona de mis pechos como piedras el néctar de la vida. Todo suficiente, solos él y yo, sin guión.

Pero a mí sí, yo soy elemento contaminado. La cultura ya me ha modelado, la perfección, el consumo, elementos adquiridos como modelo y que son eje de sufrimiento. 
La cultura del éxito no, el éxito y se me supone alcanzado. Cuidados para no embarazarme en tiempos inapropiados, amenorreas en tiempos suficientes, formación para un trabajo digno, la contribución para levantar el país, su economía y su desarrollo, además con posesiones básicas como una vivienda suficientemente innecesaria y un coche que me aportaría sensación de libertad junto a un chico estupendo, vacaciones anuales para las que tengo que trabajar tres meses al año… y ahora que, esto se supone que es el éxito. Ahora toca la perfección.

Se necesita bebé perfecto, y en mi caso además con la suerte para mí, de que no he invertido un duro en su fecundación, así que tendré que invertir en descartar cualquier pequeña anomalía, un embarazo y un parto robados a la naturaleza y entregados a la evidencia científica en el que yo no existo, soy un mero contenedor.
Demasiado serio todo como para correr riesgos.

Y mi hijo nace y yo anestesiada, cogida de la mano de mi chico, sin poder mirarle a la cara, expuesta, jaleada, dirigida, abrumada, insensible, fatigada. Una marejada emocional que no corresponde a la inexistencia de mis piernas, de mi cuerpo anulado, de mi útero que no me pertenece. Abandonada a manos de rostros sudorosos que no saben de qué color son mis ojos.
Todo se hace consciencia al no distinguir el sabor de las gotas de sudor y de las lágrimas, a las que no había llegado anestesia y que llegan al interior de la boca.
Boca sedienta por no saber suficiente, por no poder pronunciar el nombre de los presentes, por ver terror en la mirada del hombre que había obrado el milagro de que fuera madre.
A ese hombre, ni a mí misma, nadie había advertido de que yo sería infiel, infiel en el alma que es lo que más duele, no en las carnes.

Intento recordar ese instante irrecuperable, me parto, me rompo, yo lo sé, pero mi cuerpo es de gomaespuma, no lo siento. Me lo habían contado y yo me lo estoy perdiendo.
Nace y qué rico huele cuando nace, qué suave y resbaladizo su cuerpo caliente y trémulo. Cierro los ojos extasiada.
¿Y ahora qué?.  Ahora Nada.

Nadie conoce lo que siento, en mi saliva se traban espesas las palabras, y no es mi cuerpo, no, es mi alma la que esta transformada, y no me atrevo a contarlo, y no puedo hacer que se entienda.
Y me exijo y me niego.
Mi hijo perfecto, mi Dios poderoso, frágil como vidrio soplado, hay que explorar, hay que buscar problemas por si aparecen.

Los dispuestos a ofrecer ayuda y escucha, no saben esperar. Su narcisismo le hace saltar como resortes ante mi vulnerabilidad, y no puedo pensar, ni demandar, nuevamente me siento ignorante e incapaz. Alguien me está vendiendo soluciones magistrales a problemas aún inexistentes. Pago, me dejo hacer y en realidad son ellos los que aprenden conmigo y de mí y de mi hijo.
Estoy engañada. No soy mejor madre por buscar problemas.
No quiero olvidarme de mí, del otro que nos ama, de mi hijo.

Y aquí sigo, enrocada, mirando a mi niño mirando al techo, tumbada en mi lecho. Recuperando piernas, útero, corazón y todo lo que necesito y todo lo que siento.

Quiero hablar, andar desnuda ante la gente, enseñar mi cuerpo cambiado, crecer, levantar la frente, aflojar los dientes y sonreír ampliamente, y pisar fuerte, y tirar hacia delante junto a mi chico, y que me susurre mi trabajo magnifico, y que confíe y me valide.

Voy a ser valiente y voy a crear mi plan de puerperio.
Que nadie me venda solución a riesgo potencial.
Que nadie me regale los oídos en aras de la conciliación, la libertad y la proyección social y laboral.

Necesito recuperar mi libertad y mi poder creativos y despreciar la domesticación de mi razón y mis sentidos. No quiero instruirme en lo que otros piensan que debe ser.

Que nadie vuelva a decirme lo que está bien y lo que está mal.
Ahora sí,  ahora quiero asumir mi responsabilidad, mi insumisión y mi creación.
Miraré a mi chico, intentaré que conozca lo que ahora soy, y compartiré con él mi nuevo amor. Alguna vez tendremos que saber que somos tres. Voy a trabajar mi fe.
Necesito darme permiso y recuperar el que me fue robado.

Necesito poder desnudarme y advertir con admiración todo lo invisible y lo visible de mis cambios. Porque en ese cuerpo quebrado, latieron dos corazones, y se originó la mismísima vida, y merece ser reconocido y amado por semejante milagro. Cuando esto suceda volveré a amar sin remordimiento por hacerlo a dos bandas, sin cuernos ni recelos.

Necesito ser continuidad, vehículo y soporte y solo cuando así lo sienta, podré decidir libre lo que quiero que coma, con quién y cómo quiero que esté, como debo velar su sueño, su maduración, su sonrisa, su aprendizaje y crecimiento de vida.
Solo si procuro su respeto, dispondrá de salud. Será quien nos enseñe.
Y así podré desprenderme de la dependencia, imposición, represión y violencia contra mis emociones.

Deseo llorar, reír, ser escuchada, emocionarme y echar la culpa de todo ello a las hormonas, reconciliarme con una energía de vida, que en el mundo que me tocó, es lo único que no se puede comprar ni vender.

Cristina Pellicer.



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